domingo, 6 de enero de 2013

Coexistir y aplaudir la diversidad

*Revista Frenesí en ENERO


Por Pablo Corradini


Considerando y habiendo analizado las recientes declaraciones del Papa Benedicto XVI, en relación a temáticas diversas como la eutanasia, el aborto y la homosexualidad, entre otras; resulta necesario extender todo mi respeto a dichas declaraciones. Respetándolas sin lugar a dudas conociendo el lugar desde donde surgen, sin acordar en lo más mínimo con el mensaje emitido pero reconociendo en el otro la libertad por hacer estas declaraciones. Este respeto lamentablemente no es un atributo que se observe comúnmente en el Vaticano, el simple y valioso respeto por aquel que piensa distinto. Se observa esta intolerancia por ejemplo cuando desde la Santa Sede se establece que estas actividades (haciendo referencia al aborto, eutanasia, homosexualidad, etc.) amenazan la paz mundial y ponen en peligro el espíritu mismo de la familia tradicional.

Surgen de estos dichos muchos puntos de análisis, en primer lugar cabe preguntarse de que manera una actividad privada entre dos individuos (ya sea un médico que administra la eutanasia o aborto, o la unión civil homosexual) puede poner en jaque la paz mundial. Se trata de una declaración con tintes sensacionalistas, que al utilizar términos masivos intenta sembrar miedo y duda sobre la población. Una población que en su gran mayoría pretende siempre la paz mundial, pero que debe darse cuenta que estos hechos enumerados por Ratzinger no representan amenaza alguna. Por otro lado, la familia tradicional no existe, al menos no como una única expresión del concepto. No es lo mismo una familia de ciertos países del mundo árabe donde se permite la poligamia, así como tampoco lo son los grupos familiares de ciertas zonas del África donde el concepto no está ligado a la relación sanguínea. Pero sin embargo, en su contexto estas familias son tradicionales, porque justamente existen infinitas tradiciones que parecen ser despreciadas por el vaticano en pos de un único valor de familia Mamá, Papá e hijos (¡todos planeados, nada de profilácticos pinchados que eso no se puede!).

¿Qué conclusiones surgen entonces de esta primer mirada sobre el asunto? En primer lugar, repito, se respeta la opinión de la Santa Sede, pero no se comparte, y es justamente allí donde se genera el punto de inflexión. No tenemos que coincidir, ni compartir las opiniones con toda la sociedad, de la misma manera que no debemos, o deberíamos, reglamentar en base a nuestras opiniones y creencias personales al resto de la sociedad. Es cierto que vivimos en un país “Católico” que a su vez posee altísimas tazas de divorcio, prostitución, hijos fuera del matrimonio, abortos clandestinos y decenas de otras grandes aberraciones de acuerdo a la Iglesia. Todo lo enumerado no está siendo condenado ni mucho menos, simplemente se busca demostrar que no todos los integrantes de una sociedad tienen los mismos valores.  Y es por eso que las normas que rigen a una sociedad no deben estar sujetas a un credo en particular, independientemente de cual sea este.

Supongamos por un momento que nuestra sociedad estuviese mayormente compuesta por testigos de Jehová, ¿se deberían prohibir entonces las donaciones de órganos? Y si fuera una nación de mayoría mormona, ¿deberíamos peregrinar a Norte América, donde según las escrituras reaparició Jesucristo? Siguiendo con hipotéticos, pensemos nomás en la reducción productiva de no trabajar el sábado de acuerdo al sionismo, o apedrear a las mujeres infieles como parece dictar el Corán. Todos estos casos que resultan irreales y meras fantasías desde nuestro punto de vista, nos demuestran que es necesaria una cierta separación entre la Iglesia y el Estado. Quizás no una separación total, pero fundado en el respeto y la tolerancia, una separación de ideologías. Mientras el estado debe cuidar siempre la igualdad de condiciones para todos los habitantes, cada Religión se encuentra con un grupo parcial a quien conducir, aconsejar e influenciar. No son más que sus acólitos quienes deben vivir bajo las enseñanzas y dictámenes de sus respectivos líderes espirituales. Lo cual en la práctica no parece suceder de una manera estricta.

Es entonces en parte responsabilidad de aquellos en el poder, de aquellos que tienen en sus manos la conducción del país, generar esta distinción entre las leyes que unen una nación y aquellos preceptos que imparte cada religión, sin importar su aparente poderío. Un punto que presenta siempre dificultades en el análisis es la carga religiosa propia de cada gobernante y como esta debe mantenerse “a un costado” a la hora de tomar decisiones para el pueblo. Como ejemplo es interesante mencionar el caso norteamericano de la investigación de células madre. Durante la administración de Bush Jr. (de religión Metodista) los fondos a dichas investigaciones fueron reducidos significativamente en concordancia con lo que establece la Iglesia Metodista Unida. La cual cabe aclarar se encuentra opuesta totalmente a la Guerra (esa parte parece no haberla leído Jr.) A menos de un año de iniciar su primer mandato Barack Obama (de religión Cristiana) levanta estas restricciones, sin considerar la total oposición que plantea su propia religión a este tipo de investigaciones. Demostrando de esta manera, que puede existir un plano personal de creencias y uno secular donde se busca siempre la igualdad de derechos y oportunidades.

Finalizando, escribo este texto sin animosidad alguna hacia las religiones mencionadas, no es mi intención despreciar a un individuo en base a sus creencias y espero lo mismo de aquel con quien discuto. Nuestra necesidad como sociedad es muy simple, es aprender a coexistir, a observar nuestras diferencias y fortalecernos en base a ellas, encontrar espacios en común y construir en cada momento un mundo mejor, más digno y justo. Y recordando que no solo las acciones físicas deben ser consideradas agresiones hacia el prójimo, la simple discriminación, el considerar inferior o “enfermo” al otro es un acto de agresión.

Quiero aprovechar este, uno de mis primeros escritos, para agradecerle a Vicky Briccola sus lecturas previas y comentarios, así como su elección de título para el presente texto, ya que es algo que todavía no me resulta fácil.

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