martes, 8 de enero de 2013

Obsesión

*Revista Frenesí en ENERO



Por  Marcos Zocaro

Entras a la librería de plaza España poco después de las cinco de la tarde. A esa hora es cuando más clientes hay. Tantos clientes como para pasar desapercibido. Bajo el brazo llevas una carpeta con cierre y vas vestido como estudiante de Ciencias Económicas. Nadie creerá que vas a robar nada. Si pareces un nene de mamá, un chetito.
Cruzas la colorida sección de Infantiles de la entrada y desembocas en la librería en sí: sabes que es gigante, pero en este momento no es más grande que una cabina telefónica. Al menos hay bastante gente.
Para que ninguno de los empleados te salga al cruce con su ridícula sonrisa y su nombre estampado en el pecho, te pones a mirar los libros que duermen en la mesa de novedades. Al principio haces que miras  pero a los pocos segundos te olvidas para qué viniste y empezas a ver libro por libro, los levantas de a uno y lees los comentarios de la contratapa, los abrís y lees la información sobre el autor que figura en las solapas, pensando que algún día vos podes estar ahí, y, antes de apoyarlos nuevamente sobre la mesa, contemplas sus portadas como si estuvieras ante un Picasso o un Dalí. Los libros son maravillosos. Hermosos.
Pasan como diez minutos y recordas para qué viniste. Muy calmo, procurando no levantar sospechas, das unos pasos hacia la derecha y un giro de ciento ochenta grados. Quedas frente a la estantería de Literatura Argentina. Y lo ves. Ves a tu objetivo. Entre los Cuentos completos de Abelardo Castillo y Rayuela de Cortázar. Allí está. Los nervios que lograste reprimir antes de ingresar a la librería, ahora resurgen y se ensañan con tus extremidades: manos y piernas tiemblan como si las atravesara una corriente eléctrica. Intentando calmarte, dedicas medio minuto a rascarte el mentón y otro medio minuto a acomodar y reacomodar la carpeta debajo de tu axila. Mientras, tus ojos observan furtivamente en derredor, analizando las posiciones de los empleados. Los cinco están lejos y ocupados con lectores que no saben qué leer, así que no serán un problema. La que sí será un problema es la cajera. Está sola y aburrida. Debe hacer un largo rato que nadie compra nada. Encima la tenés a cinco metros. Volvés a posar la mirada en el libro, y una tierna sonrisa te deforma el rostro, y momentáneamente los nervios cesan, para regresar furiosamente un segundo más tarde. Por Dios, las piernas jamás te temblaron tanto. Es que jamás robaste… Podrías sacar la billetera y pagar el libro, pero no, no sería lo mismo. De ninguna manera. Además, ésta será la primera y última vez que lo hagas. Sí, sí, será así.
La cajera sigue sola, y de vez en cuando te mira. Pero no te preocupas  mira a todo el mundo. No te olvides que está aburrida. Está aburrida y es preciosa. No puede ser más linda. Tiene una mirada penetrante, una boca carnosa y un cuerpito frágil y curvilíneo. Pero hoy no viniste a conquistar mujeres. No. Tu objetivo son aquellas quinientas páginas encuadernadas en rústica.
Tanteas la carpeta debajo del brazo y te cercioras de que tenga el cierre abierto. Lo tiene. Justo en ese momento, en la otra punta del local, uno de los empleados logra que un hombre se decida a llevar un libro de autoayuda. Contento, creyendo que después de acabar con el libro su vida será la de un ganador, el hombre se dirige hacia la caja. Y por suerte el empleado que lo atendió es capturado por otro desorientado lector. Es ahora o nunca. Cuando el hombre llegue a la caja, nadie te mirará. Los nervios son voraces y crees que vas a vomitar. El hombre está cada vez más cerca. Te preparasFijas la mirada en el libro, en tu libro, y de refilón ves hacia la caja. La mano te tiembla. Agarras el libro. Simulas verlo. El hombre llega a la caja. Una punzada en el estómago te parte al medio. Y en un mismo movimiento echas una mirada a tu alrededor y escondes el libro dentro de la carpeta. Listo. Disimuladamente ves que no sobresalga nada de la carpeta y con el brazo la apretas bien fuerte contra tus costillas. Después, como si nada, saludas a la cajera y abandonas la librería, con la certeza de que pronto volverás.

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